Estaba agotada, enfadada y tenía fuertes síntomas físicos, como mareos y dolores de cabeza. Tuve que dejar de trabajar durante meses para volver a un estado mental normal. A partir de ahí, aprendí cada vez más sobre el burnout reflexionando sobre mi propia experiencia, así como viendo a colegas o directivos con los mismos problemas.
Obviamente, no soy un caso aislado. De 1974 a 2008, se escribieron no menos de 6.000 recursos diferentes (entre libros y artículos) sobre el tema. Algunos estudios informan de tasas de prevalencia del burnout de hasta el 69% en una población determinada (30% en profesores, 31% en estudiantes de medicina, por ejemplo).
Es importante entender cómo se ha llegado a hablar de burnout antes de intentar definirlo. En general, si se quiere entender realmente por qué algo es lo que es hoy, siempre es interesante echar un vistazo a su historia. Lo mismo ocurre con las tecnologías.
El concepto de burnout fue descrito por primera vez por el psicólogo Herbert Freudenberger en 1974. Interesado por el tema, realizó estudios entre sus propios colegas (médicos) para saber más sobre él. La profesora Christian Maslach y sus colegas se hicieron cargo de sus estudios a finales de los setenta y principios de los ochenta.
Todavía se la considera la académica más preeminente en este campo. Amplió los estudios sobre el burnout a otras profesiones además de las médicas y sociales. Más concretamente, estudió profesiones que requieren creatividad, resolución de problemas o tutoría. El tipo de trabajo que haría un desarrollador.
Cada persona responde al estrés crónico de forma más o menos diferente. Freudenberger descubrió que los empleados dedicados y comprometidos tienen más posibilidades de sufrir burnout. Tienen “una cantidad significativa de trabajo emocional y empatía, implicación personal y motivación intrínseca”.
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